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De entre los sueños - José Vicente Pascual

De entre los sueños - José Vicente Pascual A Javier Benedicto nunca le dijeron que tenía cáncer. Sus hijos, en quienes confiaba ciegamente, sobre todo en el tercero de la nómina, médico y por ello autorizado para mentir piadoso sin que él sospechara, le contaron que aquellas molestias no eran sino achaques gástricos de poca importancia. Cuando lo operaron y le extirparon el recto y le pusieron una bolsita de plástico en el costado para que pudiese defecar, le dijeron que se trataba de una medida preventiva, que en unos meses le reconstruirían debidamente el culo y todas sus partes. La mujer de Benedicto tampoco quería enterarse de toda la verdad, aunque empezó a ponérsele cara de beneficiaria de Santa Lucía. A los pocos meses de la primera intervención, a Javier Benedicto tuvieron que extirparle los testículos gangrenados, pero los médicos de oncología, de acuerdo con la familia, urdieron la trola de que habíanle sajado un grano con mala pinta, nada preocupante. Entre vendajes y pañales y el poco uso que hacía de cintura para abajo, el muy indispuesto Benedicto nunca se enteró de su definitiva falta de cojones. Cuando el enfermo entró en coma, después de cuatro semanas de agonía que sus hijos le dijeran era soñarrera debida a la medicación, Javier Benedicto empezó a sospechar mudanza a ultramundo porque hablaba fluido con su padre y dos hermanos muertos en 1943, de hambruna valenciana de posguerra. Tarde llegó la revelación. En el último suspiro, aún escuchó la voz de una de sus hijas: "Duérmete de una vez, si no descansas nunca vas a curarte".

Javier Benedicto aún no sabe que ha muerto. Lleva diez años pastoreando por entre los sueños de todos sus hijos, también en algunas siestas de la esposa que él considera esposa, no viuda del todo. Insiste en mil detalles cotidianos, pregunta por asuntos que ya en nada le conciernen y se interesa por los estudios y la salud de nietos que no ha conocido. Todavía nadie le ha dicho, siquiera en sueños, que está muerto. Y él, francamente mejorado de la enfermedad, aparece cada noche sonámbulo en los sueños de alguno de sus hijos. Siete tuvo, como siete días tiene la semana. Javier Benedicto trabaja de espectro bonachón si bien incordioso nueve horas por jornada, y nunca descansa. Sus nietos también lo sueñan; aleccionados, nunca le dicen la verdad.

* Autor : José Vicente Pascual

Voy a olvidarte - Armando Alexandre

Voy a olvidarte - Armando Alexandre Voy a olvidarte. Te olvido ;
simplemente ya no me acuerdo de ti
ni oigo la cadencia de tu dulce voz
que sostenida como una melodía
acariciaban mis oídos.
Ya se me fue el sabor
del último beso que me diste,
no recuerdo el color de tus ojos
ni veo la nitidez de tu mirada
y por supuesto he borrado de mi cerebro :
tu nombre
tu cara
tu cuerpo
y también todos los recuerdos.

¡Mierda! no me acordaba de mi corazón,
ese traidor que ha grabado
con sangre y a fuego:
tu voz
tus ojos
tu mirada
tu cara
tu cuerpo
y también todos los recuerdos.

Contra él no lucho.
¡Estoy perdido!...Me rindo

* Autor : Armando Alexandre

Refrescos de fresa - David Villar Cembellín

Refrescos de fresa - David Villar Cembellín Hace calor aquí dentro, mucho calor...

Seguro que arriba estarán más fresquitos, con su aire acondicionado, bebiendo dulces refrescos de fresa, sin saber que aquí abajo, en este puto maletero, yo sudo como si estuviera en el mismísimo infierno. No lo saben o no les importa, lo que para el caso es lo mismo. Yo creo que de tanto beber esos deliciosos refrescos con hielo su corazón se ha contagiado de la misma frialdad.

Bah, pero me da igual... Pronto estaré en un lugar mejor, tomando los mismos refrescos de fresa que ellos beben ahora y hartándome de comer hasta que me duela la tripa. Nunca más pasaré calor, ni frío, ni hambre, ni sed, y como sé que eso será muy pronto no me importa seguir sudando un poco más.

Pero aún así qué calor hace aquí...

¡No, no pienses en eso! Piensa en otras cosas, cosas agradables... Recuerda, por ejemplo, cuando eras solo un niño y te escaqueabas de leer los libros sagrados para irte a jugar al balón con tus amigos. Recuerda cómo conseguías siempre burlar a algún mercader para sisarle alguna jugosa manzana con la que cenar. Recuerda las suaves noches en los tejados durmiendo bajo una sábana de estrellas. ¡Qué fresquito se estaba!

No como aquí...

Por cierto, ¿cuánto tiempo llevaré aquí? ¿Doce horas? ¿Veinte quizá? Igual llevo varios días y no me he dado cuenta. Resulta difícil calcular el tiempo entre tinieblas. A oscuras da la impresión de que el tiempo se detiene arrastrándonos a nosotros también. Si alguna vez has pasado horas y horas leyendo los libros sagrados sabrás a lo que me refiero.
Lo cierto es que no sé cuánto llevo pero sí se que tengo mucha hambre y mucha sed. Las manzanas y el agua que traje para el viaje hace ya muchas horas que desaparecieron y lo único que queda de ellos es un intenso olor al fondo del maletero. Me aguanté lo que pude, lo prometo, pero el autobús no se detuvo y no me quedó más remedio. De todas formas el olor no es ni la mitad de insoportable que el calor.

Este infame calor...

Hace rato que la lengua se me pega al paladar, como si ambas fueran de cartón. Lo que daría yo por un trago de agua fresca, o mejor, uno de esos refrescos de fresa de ahí arriba.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi uno de ellos. En la puerta de la mezquita de mi pueblo un chico rubio, que debía ser mayor que yo porque me sacaba la cabeza, se lo estaba bebiendo mientras observaba interesado un mendigo cojo de los que hay mil en mi ciudad. El mendigo le pedía algún dinar y él ponía cara de no entenderle mientras goloseaba lentamente el rosáceo líquido. ¡Qué cara de placer ponía cuando lo dejaba reposar en su paladar! Yo nunca había visto a nadie tomarse algo con tanta satisfacción. Me acerqué hasta donde estaba muerto de curiosidad.

- ¿A qué sabe eso? -le pregunté señalando el vaso con el dedo-.

- A fresa -me respondió el chico rubio-, es un refresco de fresa.

- ¿Me das?

- No.

Y aunque no me dio yo no me enfadé ni nada porque sé que si hubiera sido yo el propietario de ese refresco de fresa tampoco le hubiera dado a nadie y lo querría solo para mí. Por eso dejé mi ciudad, para trabajar y ganar dinero y comprar refrescos de fresa como el que se bebía aquel chico rubio, como los que se estarán bebiendo ahora las personas de arriba. Igual cuando me baje del autobús me bebo cien de una vez. Con la sed que tengo apuesto a que podría hacerlo.

Y es que ahora mismo daría años de vida por un refresco de fresa...

Como el refresco de fresa que mi hermano mayor se bebía en la foto que nos mandó el año pasado. Jo, que envidia. Me sé la foto de memoria de tanto mirarla. Aparecía mi hermano, de pié con otros dos amigos sobre una carretera, bebiéndose cada uno un delicioso refresco de fresa. Todos con camisetas nuevas y caras de satisfacción. La vida que se deben estar pegando fuera de África, pensé cuando la vi.

Por eso hice lo que hice. En mi pueblo había poco futuro y demasiada hambre. Tú en mi lugar hubieras hecho lo mismo. Colarse de polizón en un barco mercante con destino a Europa fue bastante sencillo. Además, en la bodega había todo tipo de frutas y podías soportar el calor bastante bien. Aquello sí que fue un viaje y no lo de este puto maletero. Salir del barco sin que nadie me viese y esconderme en este autobús, en cambio, fue más complicado. Apenas tuve tiempo de llevarme un par de manzanas y llenar en un lavabo un botellín de agua que encontré una papelera. No tuve tiempo ni para comprar un refresco de fresa, pero ya llegará la ocasión.

De momento, me consuela saber que voy a un sitio donde hay dinero para todos y las mujeres van medio desnudas y nadie tiene hambre y todos beben refrescos de fresa. Ese mundo de los de arriba que pronto será mi mundo. Dentro de poco también andaré entre ellos como uno más y ganaré mucho dinero y me compraré ropa bonita y ellos me mirarán con respeto y no sabrán que para llegar a su mundo tuve que esconderme en el maletero de un autobús. Será mi secreto.
Aunque ya no puedo aguantar más este calor. Incluso me mareo un poco...

¡Ey! A lo mejor alguno de los de arriba ha metido una botella de agua en su equipaje. Estará caliente como meados pero será mejor que nada.

A ver, ropa, ropa y más ropa. ¡Dios mío! ¿Cuánta ropa necesita esta gente? ¿Una para cada día? A ver en ésta. Más ropa. ¿Y en ésta? Más ropa. Y en ésta también, y en la siguiente, y en la siguiente... ¡Mierda! Ésta no puedo ni abrirla porque a alguno de los de arriba se le ocurrió que sería buena idea proteger su ropa con un candado. Hay que ser imbécil.

Nada, no he encontrado nada. Y mi sed cada vez es mayor. Nunca había tenido tanta sed que me doliera la garganta. Es insufrible. Daría media vida por un refresco de fresa, os lo juro.

Y hurgar entre las maletas ha terminado de agotarme. En mi vida me he sentido más débil. Los ojos se me cierran y no me quedan fuerzas ni para hablar. Creo que echaré una cabezadita sobre esta maraña de ropa que he dejado desperdigada. Seguro que cuando despierte ya habré llegado a ese mundo donde la gente no pasa hambre ni sed ni calores en el maletero. Ese mundo donde todos tenemos trabajo y dinero y camisetas nuevas.

Ese mundo donde todo, todo el mundo bebe refrescos de fresa...

* Autor : David Villar Cembellín

Marinero de estrellas - Luís Tamargo

Marinero de estrellas - Luís Tamargo A MAR

Porque siento,
temblor apresado
de olas, sediento.
Porque extraño,
penumbra nocturna
que anuncia desvelos.
Porque amo,
mece la luna
silencios de mar.

***

ENTRE DUNAS

Retozaron entre dunas
nuestras huellas descalzas.
Horadada la arena,
a mares, enamorada.
Candor de brisa,
beso de piel, desbordado
amor de estrellas
que me unió a tu orilla.
Nos soñamos, entre dunas.

***

DE OLAS Y ARENA

Besos de olas y arena…
Y coros de gaviotas, de plata
y luna cenicienta, en
la noche. Gris.
El mar, vivo. Y allá,
en el fondo, tumultuoso,
un mecer menguante de
sueños y suspiros que,
desvelados, surgen
para alzarse, enamorados,
hacia un confín azul
de océanos sin estrellas…

*

Autor : Luís Tamargo

La baldosa de los deseos * Cuento infantil - Rafael Masedo

La baldosa de los deseos * Cuento infantil - Rafael Masedo A mis nietos Daniel, Celia y Raquel

*

Me figuro que algunos de vosotros no sabréis que es eso de la “baldosa de los deseos”, así es que si tenéis un poquitín de paciencia, os lo voy a aclarar lo mejor que pueda.

Primero os voy a explicar quienes son los pequeños enanitos invisibles que hay en todas las casas, pues estos son precisamente los responsables de mantener el secreto de la baldosa de los deseos que hay en casi todas las casas.

Digo en casi todas, pues estas baldosas se encuentran solamente en las casas de las personas que tienen ilusiones por conseguir cosas con algún esfuerzo, por lo tanto no os molestéis en buscar la baldosa de los deseos en las casas de las personas muy ricas, pues estas consiguen sus deseos sin ningún esfuerzo y por lo tanto no las necesitan.

Bueno, vayamos al grano, os estaba hablando de los pequeños enanitos invisibles que hay en todas las casas. Estos viven también en las casas de los ricos, así que en esto no hay distinción entre ninguna clase social y lo mismo están viviendo en las casas de la gente mas pobre y humilde, que en los palacios de los reyes.

Aunque vosotros no los hayáis visto nunca, están por todas partes y son bastante revoltosos y enredadores. Se divierten a su manera escondiendo nuestras cosas y por supuesto son los responsables de que muchas veces no encontremos las cosas que acabamos de dejar en un sitio y luego no están donde nosotros creíamos haberlas colocado.

Por ejemplo, si la abuela no encuentra las gafas por ninguna parte, es porque los enanitos invisibles se las han cogido y cambiado del lugar en que ella las dejó, así es que la abuela busca las gafas por todo el salón y resulta que al cabo de muchas vueltas luego aparecen junto al teléfono del pasillo.

Si veis que el abuelo se vuelve loco buscando el teléfono móvil que había dejado (según dice él), encima de un entrepaño del mueble-librería del salón, veréis que al cabo de mucho rato de buscar, al final lo va a encontrar en la mesilla del dormitorio o en cualquier otro lugar, que será a donde lo habrán trasladado los enanitos invisibles.

Otras veces os habrá ocurrido que estáis buscando las zapatillas que os habéis quitado junto a la alfombra y resulta que aparecen en otra habitación por arte de magia. Bueno, pues todas estas desapariciones y traslados de lugar, los realizan los enanitos invisibles, que son unos juguetones y se lo pasan en grande viendo como las personas nos volvemos locos buscando las cosas perdidas. Son unos granujillas sin mala intención, pero que a veces nos gustaría que nos dejaran en paz y no se divirtieran a nuestra costa.

No os quepa la menor duda de que ellos son los responsables de que los chupetes de Raquel se escondan en los sitios mas inesperados y luego aparezcan al día siguiente, si es que aparecen, pues algunas veces ha ocurrido que se han perdido cosas y resulta que las hemos encontrado muchos meses mas tarde y cuando ya no las necesitábamos.

Bueno, pues estos enanitos revoltosos, también hacen cosas buenas para nosotros, pues son los encargados de recoger nuestros deseos y guardarlos para que se cumplan mas adelante.

Si por ejemplo en algún momento de vuestra vida expresáis un deseo que os gustaría ver realizado, como por ejemplo conseguir alguna cosa que os guste mucho, los enanitos invisibles se encargan de recoger vuestro deseo y llevarlo a esconder a la baldosa de los deseos, para que se quede allí esperando a verse realizado mas adelante.

La baldosa de los deseos puede estar en cualquier lugar de vuestra casa, por supuesto siempre dentro de la casa y es un lugar secreto que solo conocen los enanitos invisibles. A veces resulta ser una baldosa de un pasillo; otras veces puede ser una baldosa del cuarto de baño o de la cocina, pero ya os digo que no os molestéis en buscarla pues es un secreto secretísimo que solo conocen los enanitos invisibles y no la vais a encontrar aunque estuvieseis buscando toda la vida.

Allí se van guardando todos los deseos de las personas que habitan en la casa y de vez en cuando, los enanitos invisibles se acuerdan de sacar algún deseo de los que están allí guardados y con su magia hacen que las ilusiones de las personas se conviertan en realidad.

Por eso es muy conveniente que, cuando tengamos la ilusión de tener alguna cosa que nos gustaría alcanzar, no solo lo tengamos en nuestro pensamiento, sino que lo expresemos en voz alta a los demás, para que así lo escuchen también los enanitos invisibles y lo guarden en la baldosa de los deseos.

Hacedlo así y veréis como, si hemos sido buenos, obedientes y trabajadores, en la mayoría de las ocasiones se cumplirán nuestros deseos.


* Autor : Rafael Masedo (RAMAMAR)
La Vila, 23 de marzo del 2002

Momentum - Marc Rodríguez Soto

Momentum - Marc Rodríguez Soto Hay baldosas nuevas y césped recortado día sí, día no, se diría que a tijera; y unos setos preciosísimos, frondísimos, podados matematiquísimamente que perfilan las redondeadas y rechonchas avenidas artificiales; y palmeras, y flores, y castaños de indias -plátanos los llaman en el norte- abrazados en el cielo; y hay un mar que se precipita y lo inunda todo de salitre, y un borracho tumbado en un banco, muy blanco y azul el banco, muy cuidado también el banco, muy al servicio de vuestras mercedes el banco aunque un tanto pegajoso (una nadería, una bicoca) a causa de los jugos gástricos que regurgita cada pocos minutos el hombre.

El hombre se llama Pepe, lo llaman Pepe, y vive en el banco, por esta semana. Ya le han echado el ojo los municipales y le han dicho que ni una noche más, que lo pone perdido todo de Don Simón los domingos y de tinto Pryca los días de entre semana; que, además, se acerca el verano y eso crea, cómo decirlo, como mala imagen, como mal rollo. Que se vaya, venga, disuélvase, hombre, tenga veinte duros y váyase que me tiene entre ceja y ceja el comisario, no me ponga en un apuro, hombre.

Hay un perrucho también a veces al lado del Pepe, un animal parduzco, tuerto y flaco, que vive de las vomitonas de su dueño, cuando Pepe es su dueño, y de las vomitonas de cualquier otro cuando no. Al perro tampoco lo quieren ni ver; el perro es peor que el amo, cuando el amo es Pepe, porque se caga por ahí, sin mirar dónde, y sin usar papel higiénico, el hijoputa, y los de la perrera municipal lo tienen también calado. Tres veces han venido a por él, pero el perrucho parece que los presiente y se va la noche antes.

A Pepe se le ve que lo quiere mucho, o no, o sea, a veces. Unas veces lo pega al perro, me le da una somanta de palos que le avía y el perro ahí que corre aullando muy fino, muy ultrasónicamente que no se le oye, pero se le intuye; pero otras en cambio le canta. Tiene una voz el Pepe muy cargada y nasal, muy ronca de tanto refumar colillas y de tantas noches y humedades al raso.

Además tampoco sabe las letras y las inventa y nada rima y desgracia las canciones, pero al perro qué le va a importar, se queda sentado, o tumbado, o de pie, y parece que hasta le escucha. Al Pepe, por lo que se ve, le gusta que le escuchen. Le dice al perro que ha perdido la costumbre. El chucho en cambio no, no la ha perdido, porque no habla, ni ladra, ni hace nada de nada, salvo correr cuando a Pepe le vienen mal dadas y se le empiezan a cruzar los cables allá, en el cartón de vino, o en la sesera. Entonces sí, entonces corre, y parece como de postal regalo de comida para perros. Hasta un perro de verdad parece entonces, que no le queda sino ladrar, al perro, como los de los anuncios, que saltan vallas y lamen mejillas como gilipollas tras meter los hocicos en boles llenos de bolitas de plástico, que parecen plástico y saben seguramente a plástico, aunque huelan a pierna de colegiala.

Entonces eso, corre, corre como perro que lleva el diablo, el perro, y el Pepe que lo ve, y el Pepe que se levanta, o lo intenta, y se cae, se medio cae, se tambalea y se cae luego allá abajo, sobre los cartones vacíos. El perro que lo mira. El hombre que no ve. Se vuelve a levantar el Pepe. El mundo se le menea al Pepe, como si estuviera en un barco, el mundo, y hubiera naufragado, el Pepe, y lo contemplara desde las aguas, cada vez más frías. Así que allá va, corre que corre tras el chucho, setos a través, adiós rosales. Y ahí el munipa, que no le quita ojo, pero que no se mueve. Y ahí la pareja que protege al niño de ocho años entre sus cuerpos y señala una estatua al otro lado del parque para desviar su atención, no se les vaya a corromper el niño, no se vaya a creer el niño que la vida no es como una de Disney, no les vaya a crecer, el pobre. Y más allá la viuda que, de azul, murmura y critica y compara tiempos y realidades, presidentes y generales. Y ahí el otro, que mira y se regodea. Y el Pepe que no sabe que no existen más que para que él no los vea, para que él no los niegue.

Al Pepe le da igual, porque el Pepe no se entera. Para el Pepe sólo importa el chucho, el chucho que corre, que ha presentido el puntapié que le tenía reservado y ha huido, el muy cabrón, el maldito chucho. Así que mírale, que se levanta, y alza un índice hacia el perro, o lo que cree que es el perro, o una vieja, la vieja de azul, o un niño, el niño que quiere ser bambi, o un munipa de esos de vive y deja morir, o un perro, oye, que a lo mejor es un perro, o a ése que lo mira y sonríe de medio lado sin saber que no existe, que no existes chaval, así que no te rías. Le señala el Pepe al perro, o a los otros, y le grita que no corra, que ya le cogerá, que ya vendrá el muy cabrón a por más. Ya verás, le grita, ya verás como vuelves, so hijo de la gran puta. Y como vuelvas ya verás, ya verás...

Entonces el Pepe se sienta otra vez en el banco, y otra vez que se equivoca en el cálculo y termina en el suelo, pero no importa, al Pepe no le importa, vuelve a intentarlo y esta vez lo consigue: otra vez al banco, al vinito con sabor a aluminio.

Sigue con la vista al perrucho, el Pepe. Míralo, ahí está, bajo las hortensias, un ojo ciego, el rabo cortado y cojo de una pata. Qué cabronazo. Ahí se esconde. Ya vendrá, ya.

Al Pepe no le importa esperar a que regrese el perro. Para entonces ya se le habrán pasado las ganas de pegarse una patada, de partirse el hocico a hostias por ser como es, tan tuerto, tan cojo, tan borracho; ya no querrá más desahogarse pateándose en el lomo, asfixiarse hasta morir. O quizá sí. No lo sabe. No sabe siquiera si sabe que no lo sabe. No lo sabe; no le importa, porque no tiene prisa, el Pepe. Porque tiene todo el tiempo del mundo.

Porque el tiempo no existe para Pepe, y para el perro, es de suponer, tampoco. Tan sólo una fluida dilación entre cartón y cartón de vino, eso es el tiempo para él, porque para él no hay nada antes, no hubo nada, ni habrá después, porque para Pepe los cartones de vino de a ochenta y nueve pesetas el litro son infinitos como el mar, como el cielo, como las hormigas.

Autor : Marc Rodríguez Soto

Contraseñas - Lucía Scosceria de Cañellas

Contraseñas -  Lucía Scosceria de Cañellas Lucas pesa mucho y también el bolso lleno de provistas que traigo del súper. Llora cuando lo bajo para abrir la puerta del departamento. Marcos ha llegado. El olor del cigarrillo rubio que fuma me lo dice. Lo saludo y me responde con un gruñido. Va hacia su recinto "sagrado" como lo llamo yo, así que no lo molesto. Sé que no le gusta que le hablen cuando está encerrado en su cuarto de estudio. Él cree que no sé de sus "juegos" en la computadora. En realidad, no me interesan. Que tengan ellas sus palabras. Yo lo tengo a él en carne y hueso.

Preparo su receta preferida mientras Lucas se entretiene con sus juguetes. Pronto lo aburren. Esta tarde lo llevaré al parque para que respire algo de aire fresco. Debo apresurarme, ya son las once. Marcos volverá a salir a la una.

Imprimo el último trabajo y estoy libre, por lo menos por la mañana. Las once y media. Tengo tiempo de revisar mi correo antes del almuerzo. Hoy me escribieron muchos amigos, pero "ella" no lo hizo. Abro algunos mensajes. Los contesto enseguida. Mi mujer entra a la pieza subrepticiamente. La presiento antes de verla. Menos mal que estoy contestando el e-mail de un amigo, no necesito cerrarlo. Ella se coloca detrás de mí. Me hace un masaje suave en los hombros, mientras me dice que el almuerzo tardará sólo unos minutos. Sé que ella lee el texto en el monitor. Dejo que lo haga. Sin ningún apuro guardo el material antes de enviarlo.

La acompaño al comedor donde juego con Lucas. Ella prepara la mesa con una sonrisa misteriosa en los labios.

No pido a Marcos el dinero que voy a necesitar esta mañana para tener una excusa e ir a su oficina. ¿Qué quién está en su oficina? Su nueva secretaria. Bueno, no tan nueva. Hace dos meses que la contrató. ¡Qué coincidencia! El tiempo exacto en que se volvió conmigo más frío que un témpano de hielo.

Pero lo que realmente me puso sobreaviso fue una conversación telefónica que oí "sin querer" entre mi marido y Franco. Hablaban con gran entusiasmo sobre "los grandes atributos" de la chica. Me imaginé de qué se trataba.. Así que dejo a Lucas en el Jardín de infantes y me doy una vuelta por su trabajo.

Es bonita, no hay dudas de ello. También es joven y parece inteligente. Cuando supo que era la esposa de Marcos su mirada se volvió diferente, como midiéndome y en la comparación se dio varios puntos de ventaja. Marcos no está y se ve en apuros para impedirme entrar a su despacho. Nos hablamos con cortesía, pero ambas sabemos que mentimos.

Noto que puede ser un enemigo peligroso al cual hay que eliminar cuanto antes. Son las doce de la noche. Ella duerme. Con infinitas precauciones me levanto de la cama para no despertarla Voy a mi estudio y busco el mensaje que esperé desde ayer. Sí, al fin. Lo abro y me llevo la sorpresa de mi vida. "Ella" me dice que no vuelva a escribirle nunca más. No soporta la mentira, bueno, tal vez alguna pequeña, pero eso de "soltero" que resulta "casado" le pareció un sacrilegio ¡Ah, y que no vuelva a comunicarme, porque ya cambió su correo electrónico!. Pero...¿ quién pudo descubrirme? ¿Cómo leyeron mis correos? ¿Y como supieron mi contraseña?

Las seis "amigas" me dejaron mensajes con idénticos contenidos, con pequeñas variantes en lo que se refiere a algún insulto más fuerte o más grosero que otro.

¡En un sólo día perdí a mis seis amistades preferidas! Me queda Margarita, la única que conozco personalmente y que sabe todo de mí. La llamo por teléfono y me dice que ella también recibió el mensaje. No, no se enojó, porque me conoce. Entre risas me cuenta que la carta que recibió le advertía "que era casado y padre ejemplar" y que no era "la única amiga informática". Como prueba daba una serie de correos electrónicos para que lo comprobase.

-¿Qué pasó? ¿Una amante despechada tuvo acceso a tu computadora?

Le juro y rejuro que no tengo amante alguna, que ella es la única, (por lo menos que me quede una) y con la promesa que volveremos a comunicarnos corto. .

Me siento muy molesto por toda esta situación. En primer lugar, sentía un afecto especial por todas "mis amigas" a las que perdí de un sopetón, en segundo, que habían invadido mi privacidad. Leer mi correspondencia es un atentado a la intimidad. ¿Cómo lo hicieron? ¿Quién pudo hacerme esto? Debe ser alguien cercano. Y que sabe de computación.

Mi mujer es un cero a la izquierda en informática, así que sólo me queda: Dafne.

Estoy seguro que es ella. Tiene acceso a mi computadora, ya que le dicto algún que otro mensaje en la oficina y quedamos a "platicar" a menudo. Sé que es muy celosa. Últimamente comenzó a hablar de lo lindo que sería vivir juntos.

Así que tomo esta importante decisión: Cambiar mi contraseña para entrar en mis correos y por supuesto, cambiar también la secretaria.

Marcos está muy cariñoso hoy. ¡Hace tiempo no está así conmigo! ¡Si hasta se ofrece para acostar a Lucas mientras me doy un baño! Sus ojos me miran nuevamente con ese brillo que tenía cuando éramos tan unidos y que extraño tanto últimamente.

Elige una música suave y me invita a bailar. Mi cuerpo recuerda todavía cómo estremecerse de placer cuando me besa. Como quien no quiere le pregunto si ha despedido a la secretaria. Me responde que ahora eso no tiene importancia, que tenemos cosas más importantes que hacer. Tiene razón. Yo tampoco le digo que en estos meses me volví una experta en computación y que sólo un tonto pondría la fecha de nacimiento como contraseña para abrirla. En vez de eso, respondo a sus besos, cuidándome mucho de no reír a carcajadas.

* Autora : Lucía Scosceria de Cañellas

Atardecer - Modesto Acosta

Atardecer - Modesto Acosta Reposa la tarde
en la arena salobre:
El cielo enrojecido
tiñe de sangre centelleante
el mar de plata.

Es de agua el camino,
de mi amada en la tarde:
pies descalzos...ausentes...
avanzan ,
recibiendo esos besos de encaje
que le regala el mar,
en sus espumas blancas.

Mi cuerpo es un imán hacia su cuerpo.
Imán el suyo...
Imanes nuestras almas...
Y en la brisa,
nuestras ansias se funden
en abrazo de fuego.

El mar, nos ha cedido los destellos
que el cielo le dejó.
Y nos abandonamos,
unidos al reposo de la tarde...
en la arena salobre

Autor : Modesto Acosta

Atardecer