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Primera vez - Rosario Barros Peña

1avez.jpgEl taconeo de sus zapatos en el vestíbulo de mármol le hizo pensar en cubos de hielo tintineando. Una estela de perfume le envolvió, un perfume fresco, de bosque húmedo de nieblas. No era ella. Ella no llevaba zapatos de tacón. Ni usaba perfume. Una vez más, ¿cuántas ya?, no era ella. El taconeo se alejó, se perdió tras la puerta de cristal, pero el sonido cristalino de los cubos de hielo tintineando continuaba en sus oídos, como una música, la música que se había adueñado de su vida y ponía fondo a sus pensamientos desde aquel día, ya lejano, cuando se subió por primera vez a un avión.
Había mirado sus manos d dedos largos que cobijaban el vaso ancho de cristal. Seis o siete cubos de hielo diluyéndose en el whisky. Y los ojos de ella medio ocultos tras los mechones rizados. Y la sonrisa. ¿Se le había borrado en algún momento? ¿Sabes?, había dicho ella. Quisiera inventar un nuevo arco iris, experimentar, hacer un millón de mezclas para alcanzar colores nuevos, capaces de identificar momentos únicos en la vida de las personas. hace unos instantes el whisky tenía un dorado intenso y se deslizaba en cascada sobre los cubos de hielo. El líquido mantenía sus características esenciales y el agua solidificada disfrutaba de su diferencia. Ahora se van integrando ambos cuerpos. El dorado va perdiendo intensidad al dar parte de su color al agua.
La dejaba hablar. El sonido de su voz era como la brisa entre los árboles y el brillo de sus ojos hacía guiños bajo las largas pestañas. Él había apurado su whisky, pero ella seguía contemplando el líquido que reflejaba la luz. Había hecho lo mismo en el almuerzo, cuando permitió que le llenase el vaso de vino rosado y después de acercarlo a los labios carnosos, que dejaron su huella de carmín en el borde, lo contempló largamente, moviéndolo despacio y aspirando su aroma afrutado. Y siempre la sonrisa. Y el brillo de los ojos. Y la voz suave, con un acento que tenía aire musical.
Habían salido de Madrid al amanecer, cuando el pesado aparato hizo añicos la noche y permitió que el sol naciente, que pintaba las sombras con rojos intensos, lo transformara en una estrella en medio del cielo. Ella no lo había mirado. Vuelta hacia la ventanilla parecía absorta en el espectáculo. El cabello castaño enmarcaba el rostro moreno, libre de maquillaje, en el que se notaban algunas arrugas. Vestía una falda larga de un amarillo cálido salpicada de diminutas flores blancas, la camisa era blanca y del color de los girasoles el suéter que anudaba sobre los hombros. Los mocasines en color tostado hacían juego con el bolso.
Dejó de mirarla. Sentía una fuerte opresión en el pecho y la respiración se le hacía cada vez más difícil. Tenía calor, pero un sudor frío humedecía su frente. Parecía que las manos de un gigante oprimían su cabeza y el zumbido, como si un millón de abejas se hubieran adueñado de sus oídos, se hacía cada vez más insoportable. "Hay que cerrar los ojos y respirar lenta y profundamente". Lo había leído en algún sitio, pero no le estaba dando resultado.
¿Se encuentra mal? Una mano tibia y suave sobre las suyas y el sonido de una voz serena, tranquilizadora.
No fue de inmediato, pero su organismo fue serenándose. Abrió los ojos encontrándose con la sonrisa de ella que le hizo olvidar la inmensidad del océano sobre el que volaban. Una sonrisa cálida y confiada. Y sus palabras. ¿Cómo se podía hablar tan sencillamente de una vida tan intensa? Acudía a un Congreso de Psicología a Nueva York, "¿sabes lo maravilloso que es abrir ventanas de luz en las mentes bloqueadas por las frustraciones, la inseguridad o la depresión?" Hablaba de sus padres, "siempre trabajando para darnos una educación a mi hermano y a mí", de su sobrina, "arrasará, tiene solo cinco años y la mirada más decidida que conozco". Él apenas habló. No le contó que era Ingeniero en una Refinería de Petróleo, y odiaba el nombramiento de Director porque el cargo le obligaba a viajar. No le habó de que hubiera preferido ser médico, pero que en su ciudad no había Facultad de Medicina y sus padres no tenían medios para enviarlo a otra Universidad. Ni le hizo partícipe de su timidez, de su miedo al ridículo, de sus repetidos fracasos en el terreno de las emociones. No le habló de su soledad, ni de sus sueños de tener una familia con muchos niños.
Llevaban volando muchas horas.
Ella seguía hablando de colores. "Se suele decir que las montañas son pardas, los prados verdes y las tierras ocres, ¡Qué simplificación! ¿Cuántos matices hay en cada color? ¿Cómo ves tú el mar? ¿Es azul, verde, plomizo, turquí, quizás?, ¿Lo ves del mismo tono que lo veo yo?.
La voz de la azafata, impersonal, con cierto tono metálico, hablaba de la temperatura, la humedad del aire, los minutos que faltaban para que el avión tomara tierra. ¿Ya?. Él se estremeció. Volvió de nuevo la angustia, la opresión en el pecho y el sudor frío, pero no quiso cerrar los ojos.
Ella miraba por la ventanilla. Se volvió de pronto ¿no es una maravilla?. Todo el dorado del whisky se había refugiado bajo sus pestañas. Se estaba despidiendo. "En el viaje de vuelta ya no tendrás miedo. ¿No ha sido una iniciación perfecta?". "Adorarás los aviones, como yo, ¡son tan rápidos!. A mi madre le pasa lo mismo. En cuanto llegue a la terminal la llamo por teléfono y ya puede dormir tranquila. Ahora allí se están acostando, ¿verdad?". Le puso una mano sobre el hombro y se empinó sobre los pies para besar su mejilla. ¿Llegó a besarlo? Diría que el aletear de una mariposa rozó su barba. La dejó pasar. Cogió su maletín y el abrigo y la buscó en la fila. Tenía que preguntarle el nombre, el teléfono, tenía que verla en tierra y contarle. Vio su suéter amarillo bajando la escalerilla del avión, después le pareció un pájaro exótico al fondo del autobús que los llevó a la terminal y más tarde distinguió su sonrisa al otro lado de la cinta transportadora de los equipajes. Quiso correr, para rodearla con sus brazos, para protegerla, para decirle que la había estado buscando desde niño y para pedirle que le quisiera, que le quisiera ya porque la vida es muy corta y la felicidad es como un tibio rayo de sol que se filtra un instante entre los oscuros nubarrones del cotidiano vivir, pero en aquel momento alguien intentó alcanzar su maleta. Asió con fuerza el maletín, porque ya conocía los viejos trucos, y colocó su otra mano sobre el asa robusta que olía a cuero recién estrenado. Pensó que había ganado la primera batalla de la guerra de peligros de que le habían prevenido. Luego, la buscó a ella, pero el suéter amarillo había desaparecido.

* Autora : Rosario Barros"
18/10/2004 09:53. ;?>

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